Querido Rolf Harrer:
Soy alguien a quien no conoces, a quien nunca has visto. Pero me importas y tienes un lugar en mi mente y en mi corazón. Me encuentro en tierras muy lejanas. Si puedes imaginarte un rincón oculto, escondido y a salvo del mundo, resguardado tras altas montañas cornadas de nieve. Un lugar enriquecido con esa extraña belleza que puebla los sueños: sabrás donde estoy. En el país por el que viajo, el Tíbet, la gente cree que si caminan largas distancias a lugares sagrados purifican las malas acciones que han cometido. Cuanto más duro sea el viaje, más profunda será su purificación. Yo he estado caminando de un lugar lejano a otro desde hace muchos años, desde que tú viniste al mundo. He vivido los cambios de estación en las altas planicies. He visto a los salvajes emigrar en invierno y cruzar majestuosamente los campos en primavera. En este lugar donde el tiempo se ha detenido parece que todo está en movimiento, incluso yo. No sé adónde me dirijo, ni si mis malas acciones podrán ser purificadas. He hecho muchas cosas de las que me arrepiento. Pero cuando finalmente llegue a mi destino, espero que comprendas que la distancia entre nosotros no es tan grande como parece.
Con profundo afecto, tu padre Heinrich Harrer.
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